Poeta y narrador nicaragüense, Himilcon Drake nació en Juigalpa, Chontales, un 11 de mayo perdido en la memoria. Hijo de María del Socorro Hurtado Cajina, pasó su infancia en el barrio de La Virgen María, bajo el amparo de la pobreza y el rumor de las campanas que anunciaban los días. Cursó su primer año de primaria en el centro escolar de su ciudad natal, hasta que, en 1969, emigró junto a su familia a Managua.
Allí, su madre encontró trabajo como ayudante de cocina en la hacienda cafetalera El Embudo, en el actual municipio de El Crucero. Desde los ocho años, el niño comenzó a laborar en el campo, guiando las recuas de mulas que transportaban el café por los caminos de tierra. En 1970 fue entregado como hijo de crianza a la abogada Joba Barillas Rosales, quien prometió educación y amparo, pero lo destinó a trabajos agrícolas en la finca San José, en Las Flores, Masaya. Sin salario ni afecto, vivió entonces la etapa más dura de su existencia, marcada por el abuso, la humillación y la soledad.
De ese tiempo oscuro brotaría años más tarde una voz poética arraigada en la experiencia del desamparo, una poesía existencial y social que transfigura la herida en palabra y que, desde el realismo mágico, convierte la memoria en un territorio vivo. Azotes, amenazas, abandono y resistencia modelaron el carácter de un autor cuya obra busca justicia en la belleza y verdad en la evocación.
Tras participar en el derrocamiento de la dictadura somocista en 1979, viajó a Cuba, donde se integró al movimiento literario de la generación de los ochenta. En 1987 se incorporó a la Asociación Hermanos Saiz, llegando a ser miembro de su dirección provincial y presidente del capítulo municipal en San Luis, Santiago de Cuba. Durante aquellos años de intensa efervescencia cultural, fundó junto a otros escritores el grupo literario Los Cuatro Gatos, que aportó una voz nueva y provocadora a la poesía cubana contemporánea.
En 1989 obtuvo el Premio Provincial de los Talleres Literarios de Santiago de Cuba, lo que le valió representar a la provincia en el certamen nacional celebrado en Camagüey. Fue invitado a diversos festivales de poesía en la isla y reconocido como una de las jóvenes figuras activas del panorama literario cubano. Participó como invitado especial en la Semana de la Cultura Tunera, compartiendo escenario con la poeta Hermeides Pompa Tamayo.
En 1992 publicó, bajo el sello de Editorial Oriente, su poemario Huellas 1492, conmemorando los quinientos años del descubrimiento de América. Dos años después, el fallecimiento de su madre lo llevó de regreso a Nicaragua, cerrando un ciclo vital y poético que había nacido con ella. A su memoria dedica aquel libro, en el que la historia personal se funde con la memoria colectiva, y donde el poeta —fiel a su destino— convierte el dolor en palabra, y la palabra en espejo del alma y del tiempo.